Pedro. La odisea victoriosa del prematuro

“Lo único que me falta es tener un prematuro”, dije ese domingo 12 de febrero en la casa de Gonzi, una amiga. Estábamos apostando cuándo iba a nacer mi hijo. Tenía fecha para el 23 de marzo. Yo presentía el parto prematuro pero pensaba que iba a nacer a principios de marzo. Una amiga tiró febrero. “No, febrero no. Si nace en febrero va a ser prematuro”, dije. Y agregué la frase del comienzo de este párrafo.

Lo último que necesitaba era tener un prematuro. Desde hacía unos días me sentía pesada, no podía dormir. Me costaba moverme, levantar a Viole. Ya no la bañaba, no la subía ni bajaba. Todo lo hacía mi marido.

Dormía sentada. Pedro era muy inquieto y yo no soportaba ninguna postura en la cama.

No podía pensar en la posibilidad de tener un nene internado. Con la vida y agenda de Violeta, eso no entraba en el plan.

Pero ese domingo a la noche, Pedro dijo basta. Dijo “Acá estoy yo. Yo también te necesito”. Y rompí bolsa. Llorando llamé al obstetra que me dijo “Estás de 34 semanas, no corre riesgo”. Igual no estaba tranquila. Quería saber qué pasaba.

Bajo una tormenta torrencial atravesamos la ciudad para ir a la clínica donde planeaba tener a mi hijo en marzo. Después de unos momentos caóticos: había caído media hora antes que yo una chica con preclamsia, rotura de bolsa, anticoagulada, diabates gestacional y todo lo que se puedan imaginar. Había un sólo médico, que por cierto era medio pelotudo. Cuando me atendió, tenía en mente una cesárea pero mi obstera lo frenó. Me detuvieron el parto con medicación y me dediqué a empollar, literalmente, con la bolsa rota.

Fueron tres días de terror. No me podía sentar. Meaba, cagaba, comía, etc, todo sentada. Mi marido me ponía la chata, me bañaba la enfermera acostada. Un espanto. Y tenía que aguantar diez días. Si Pedro nacía en la semana 36, zafaba de la neo. Eso era lo que yo quería.

Violeta nació a término y si bien me pronosticaban una internación por su malformación cerebral, no pasó nada. Me la dieron, prendió al pecho y me la llevé al cuarto. Vino medio país a conocerla, recibió regalos  y si bien pasamos momentos duros con la noticia del diagnóstico (en esa época era agenesia del cuerpo calloso),  nos sacamos una foto al salir de la clínica y nos fuimos los tres a casa como hace todo el mundo.

Yo quería que Pedro naciera, lo venga a conocer medio país así no me jorobaban en casa, recibiera regalos hermosos, le estrenara la ropa que mi hermana le había regalado y nos sacáramos una foto antes de salir de la clínica. Tenía dos camisones nuevos para estrenar, todo muy planeado. Encima, iba a vivir la felicidad de no tener que lidiar con ningún diagnóstico de mierda. Mejor imposible.

Pero no.

En la semana 35 decidió nacer. Fue un parto veloz. No llegué ni a la anestesia. Me lo acuerdo más animal que el de Violeta, con menos médicos, agarrada de mi marido. Hice sólo tres pujos y salió. Otra vez tenía esa duda de “¿Qué clase de chico saldrá? ¿Llorara?”. Con Viole lo pensaba porque sabía que venía con un problema. Con Pedro, porque sabía que era prematuro. Sin embargo, me dieron un piojito que lloraba como un condenado.

Nació con 1,990 kg y no necesitó oxígeno, nada. Apgar 10. Sólo tenía que engordar pero ya me habían adelantado que eso podía demorar dos semanas.

Pero no me fui tranquila a la habitación, nos fuimos solos. A la mañana no hice más que llorar. No lo tenía conmigo. Es la sensación de vacío más espantosa. París a tu hijo, te lo ponen un segundo al pecho y lo meten en una incubadora. Vos podés ir a verlo cuando quieras, darle el pecho cada tres horas pero después hay que devolverlo. Te vas al cuarto sola. Y ni hablar del alta. Te vas con las manos vacías. No hay foto a la salida de la clínica, ni visitas, ni regalos, no hay nada. Obviamente, gente muy cercana vino a verme y Pedro recibió algunos regalos doble cero. Pero no fue el despliegue de Viole, básicamente porque no había un bebé en la habitación.

Tener un prematuro es irse con las manos vacías. Es una maternidad algo incompleta. Te vas a dormir a tu casa y está en otros brazos.

La lactancia, deja de ser eso mágico que te cuentan en esos libros de Gutman o qué se yo cómo se llama. Tenés que ir a un lactario a envasar tu leche y tu hijo que no te conoce, te rechaza porque quiere la inmediatez de la mamadera.

Y ni hablemos de Viole. Se despertó un lunes en compañía de sus abuelos y no me vio hasta el viernes en la clínica. Nos cruzamos en un pasillo y se largó a llorar. A mi me deshizo. Nos abrazamos y después tratamos de hacerla reír. Por suerte, pudo ver a su hermano el día siguiente y la cara se le iluminó.

Todos esos días, me quedé en la casa de mi mamá. Mi marido iba y venía con la nena pero en las 3 semanas que duró todo, casi ni la vi.

Cuando le pregunté a mi marido qué sentía al tener dos hijos me contestó que Miguel de Unamuno decía que uno  es padre cuando tiene que darle la espalda a uno de sus hijos. Y fue así. Nico casi no vio a Pedro y yo casi no vi a Viole. En chiste nos decíamos equipos a y b pero por dentro, fue una tortura.

Ahora bien, me llené de culpas, me sentí vacía, y todo lo que dije pero cuando con una eco cerebral se confirmó que el cerebro de Pedro era normal, toda la odisea me pareció una pavada comparada con los primeros días de Violeta, que si bien fueron tranquilos y en casa, estuvieron llenos de inquietudes sobre su futuro. Todos los días un nuevo médico, estudios, sentencias.

Pedro tenía que llegar a los 2,100 y se iba a casa. Y se fue a casa. Lo fuimos a buscar solos y no hubo foto familiar en la clínica. Nos queríamos ir,  salir corriendo con el nene. Si bien no fue la salida felíz que tuvimos con la nena, yo sabía que estaba todo bien. Yo sé que lo voy a tirar al piso y va a caminar, va a hablar y hacer todo lo que hacen el 99% de los chicos. La odisea del prematuro fue sólo algo que teníamos que pasar. Algo que planeó Pedro para que yo le prestara atención y no lo considerara sólo como a ese hijo sano al que no hay que darle mucha bola porque va a hacer todo solo, ese hijo sano que iba a vivir a la sombra de las actividades de su hermana.

Llegamos y nos esperaba Violeta que enloqueció con el hermano. Lo ama, le habla, es felíz con él y eso nos hace felices. Pedro va a ser un estímulo para ella y Violeta un estímulo para él. Su llegada nos llenó a todos. Pedro no fue muy planeado pero llegó para darle un giro a nuestras vidas. El plan de él, su “acá estoy yo”, fue un llamado de atención. Un llamado a no pensar que tener un hijo sano es fácil. Ahora los entiendo a uds, y pienso “qué lindo es ser parte del 99%”.17796532_10212436688421655_1677751532463697662_n

 

 

 

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